viernes, 9 de abril de 2010

Alba

Y el fétido ladrido susurró lo que el viento latente acallaba, como si por un extraño capricho del karma, aquella voz muda, de mente inmaculada, pudiera entender el éxtasis de la pérdida y el dolor de la venganza frustrada. Posiblemente fuese solo un ligero capricho consentido que había fantaseado a través de la infancia infeliz, o tal vez solo el recuerdo acechador ahogado en discursos imberbes.
Cuando tuvo que elegir, optó por el silencio, el sonido de su pálpito y del dulce caminar de los abetos y la brisa matutina que congelaba sus entrañas hasta la inmunidad.
El sol acababa de contarle un secreto, un íntimo segundo de complicidad, cuya belleza cegaba a la mente enfermiza, casi hipocondríaca, cansada de ser esclava de su propia esclavitud. Observó el ligero contoneo de sus rayos, y la tímida sonrisa que se le antojaba seductora como la que más. No hubo salida ni retorno, ni una última visión para recordar, solo el instante, el secreto, el momento antojado de insinuante anonimato, disuelto en espuma gélida, como la desesperanza aferrada a la argolla del mar.
¿Cómo pudo el corazón, altanero y orgulloso, invocar la vejez, en tan vano esfuerzo, para sobrevivir perenne a la sutileza del azar?

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